Le Monde - Sujeto

14 de marzo de 2007 Por Evelyne Pieiller

El sujeto en el nuevo capitalismo
La plenitud individualista

En base a cuatro ensayos la autora analiza la sociedad capitalista actual, en la
que el goce individual y la experiencia inmediata han reemplazado a la
representación y a la construcción de un sentido colectivo. El individuo se
convierte en un "capital humano" responsable de su insatisfacción social.
¿Por qué, hace unos treinta años, se ha decidido ofrecer cochecitos donde el
niño le da la espalda a sus padres? ¿Por qué la "transparencia" parece una
virtud casi redentora? ¿Por qué quien antes se llamaba claramente "jefe de
personal" ha sido rebautizado como director de recursos humanos?¿Por qué la
tele-realidad tiene tanto éxito? ¿Por qué los libros dedicados al desarrollo de
la personalidad encabezan las ventas?


Todas estas preguntas, y algunas otras, que son los puntos de partida de cuatro
ensayos (1), pueden parecer de una diversidad algo sorprendente. Pero todas
ellas conducen a un interrogante esencial: ¿qué pensar de la evolución actual de
nuestras democracias, como pensarlas, como actuar?
Al descifrar con detalle –desde el desarrollo de los sitios de internet para
encuentros hasta la fascinación adolescente por las marcas, pasando por la
banalización del "zapping"– el ejercicio de un individualismo cada vez más…
individual, lo que se analiza es el vínculo entre la concepción contemporánea
del "yo", de sus objetivos, de su libertad, y las democracias de economía
liberal. Un acto que no puede llevarse a cabo sin provocar algunos hábitos de
pensamiento ni suscitar algún cuestionamiento: lo que equivale a decir que esas
obras, que retoman el diálogo con Rousseau y Kant, Arendt, Foucault o Habermas,
sin por ello estar reservadas para los diplomados en ciencias humanas, son al
mismo tiempo vivificantes y perturbadoras.
La reflexión de Olivier Rey, matemático, investigador y docente, especialmente
en la Escuela Politécnica, resplandece a partir de una pregunta central: ¿cómo
educar a los niños en y para una sociedad verdaderamente democrática? Las
teorías educativas dominantes tienden, en su opinión, a hacer primar sobre el
conocimiento y el estudio de las obras "una cultura de la autenticidad, de la
expresión de sí mismo y de la comunicación". El niño debe "construir sus
conocimientos". Esto equivaldría, democráticamente, a respetar al individuo, su
ritmo, sus riquezas propias, permitiéndole afirmar su personalidad, sus
diferencias, independientemente de las herencias apreciadas por los…
"herederos", retomando la expresión de Pierre Boudieu, y de las viejas
restricciones formalistas. Pero lo que Rey ve en la aplicación de estas
concepciones pedagógicas, confirmado en otros numerosos ejemplos, es, tras la
voluntad de respetar al niño y de hacer menos determinantes las desigualdades
sociales, un deslizamiento hacia la fantasía del individuo "auto-construido",
que celebra una libertad enteramente falaz.
Evidentemente, el debate se establece en torno a la definición del concepto de
libertad. Esta libertad, ¿es la libertad de ser espontáneamente uno? Y, para ser
uno mismo, ¿no hay que aprender primero lo que es ese individuo tan mimado en la
actualidad? Rey, siguiendo el hilo de toda una corriente de pensamiento que
lleva hasta los trabajos del jurista Pierre Legendre (2), afirma que el
individuo no puede acceder a una verdadera autonomía sin reconocerse vinculado:
vinculado a los otros, vinculado a una sociedad que le permitirá ejercer esa
autonomía, vinculado a una historia, vinculado a sus propios fantasmas. Creerse
"auto-referencial", lo que implican las actuales teorías pedagógicas y, más
ampliamente, el sistema de valores en curso, es negar la genealogía de la
familia, del conocimiento, de las instituciones. Negar este vínculo, es negar
los propios límites, límites que por sí solos definen el campo donde puede
elaborarse el sujeto.
En otras palabras, la libertad no puede existir más que sobre un fondo de
renunciación: sólo comienza a desarrollarse cuando los límites son percibidos e
integrados. La libertad individual, basamento de la democracia y condición para
su perennidad, implica que el ciudadano se sepa mortal e hijo de mortal, uno
entre otros, que rechace la ley del más fuerte y acepte reglas que le permitirán
vivir en conjunto con otros. Ésta es la razón que le lleva a no limitarse sólo a
sus impulsos, con el fin de poder, humano entre los humanos, contribuir a una
historia común, y también escribir su propia historia. Es la razón que le hace
comprender que el otro no es una cosa, sino un "yo" como él; es la razón a la
que el ser humano le debe la humanidad, que lo hace capaz de tener derechos,
retomando la maravillosa expresión de Rémi Brague (3).
Ahora bien, apoyarse en la racionalidad, antes que en la evidencia del deseo y
el cierre del ego, no es algo automático, no es fácil, no es transparente: si
bien cada uno tiene en sí la potencialidad, falta alimentar esa potencialidad.
Cada uno nace libre… Libre, sí, pero para trabajar para su liberación, que se ve
trabada por las pulsiones y las evidencias. La concepción de un individuo
"solo", capaz de extraer de su propio fondo las bases de su razón, y considerado
como teniendo que autorizarse a sí mismo, tiende a definir a cada uno como "un
mini-Estado", donde cada uno hace su ley. El sentido de las prohibiciones,
restricciones y límites tiende a desaparecer; ya no son más que "el simple
resultado de tratos entre las reivindicaciones individuales por un lado, y las
exigencias de la sociedad por otro", o peor, una violencia.
No reconocer que "nadie es el origen de sí mismo", no renunciar al sueño
infantil y peligroso de ser todopoderoso, creer que someterse a los propios
deseos permite cumplir la propia verdad, es olvidar que si uno puede con razón
tratar de realizarse es porque la sociedad y sus estructuras, sus límites, la
ley, lo permiten, y no porque sea un derecho "natural" para el que la sociedad
sería un obstáculo; es olvidar que la razón es la que, al escribir las leyes, se
ha institucionalizado y ha hecho posible la autonomía del individuo; es olvidar
que primero uno recibe las leyes, las prohibiciones y los límites, antes de
apropiárselos, y que es así como se perpetúa la institución social de la razón,
indispensable para el ejercicio de la libertad íntima y colectiva.
Cuando Rey ataca, con una alegría desbocada, con una emoción efervescente, a los
"totems" de una cierta modernidad, el desdeño por la herencia, el rechazo de las
restricciones, la libertad de afirmar la propia personalidad, la reivindicación
de la diferencia como identidad, es para disipar lo que le parece un señuelo
seductor y temible que, lejos de ser la culminación de los valores democráticos,
los amenaza, aun cuando esas concepciones pretendan ser democráticas.
Masificación y democratización
No es fácil aventurarse en este terreno, porque no creer que todo lo que se
denomina progreso es siempre progresista puede relacionarse rápidamente con un
pensamiento reaccionario. Pero este análisis supone recordar el espíritu de las
Luces, trata de elucidar el extravío de ese espíritu: a saltos y digresiones,
recurriendo tanto a Ivan Illich como a Philip K. Dick, René Girard o Arnold
Schwarzenegger (el de "Terminator"), este intento, arrollador, tenso y
apasionado, no busca ciertamente celebrar el pasado contra la modernidad, sino
que se dedica a mostrar cómo la modernización cultural va en el mismo sentido
que la modernización económica, lo que resulta inquietante.
Desde el cochecito reformado, en el cual se supone que el niño aprehende
libremente el mundo, separado de la mirada de los padres que le permite otorgar
sentido a lo que ve, hasta el deslizamiento de la ciencia hacia la técnica al
servicio del mercado, de la sustitución de la creatividad por el estudio del
patrimonio literario, hasta el lugar que adquiere la clonación en la prensa y el
imaginario, Rey da a leer un mundo que parece haber olvidado que la libertad se
construye con la razón. Este mundo está en pleno acuerdo con la concepción
económica liberal que se ha desarrollado precisamente al amparo de esas mismas
ideas de liberación y de respeto del individuo sutilmente falseadas, "de la
misma manera que, según los preceptos liberales, se supone que una mano
invisible garantiza la prosperidad general, para que los hombres abandonen su
pretensión de intervenir en la economía y se preocupen sólo de su interés
personal, así también la auto-organización conducirá a los seres a la plenitud y
a la felicidad". En una sociedad en trance de "desinstitucionalización
generalizada", citando a Dany-Robert Dufour (4), el individuo está solo,
conminado a auto-crearse, totalmente liberado de las restricciones, liberado de
la razón, libre, locamente libre para escuchar los pedidos de su inconsciente y
los del mercado, que no ama nada tanto como satisfacer sus pulsiones arcaicas.
Daniel Bougnoux, profesor emérito de varias universidades y jefe de redacción de
Cahiers de médiologie (Cuadernos de mediología) y luego de la revista Médium,
fundadas por Régis Debray, prosigue con el mismo cuestionamiento, pero en el
campo de las artes y los medios de comunicación. La importancia que se otorga a
la expresión de sí mismo, esa aspiración a un mundo sin trabas, fuente de gozo,
va a agrupar las manifestaciones bajo el expresivo término de "presentismo". La
constatación que establece es clásica, pero llamativa, porque ofrece una visión
de conjunto: desde la prensa que requiere una lectura emocional al reemplazo de
la "gran novela" de antaño por la "auto-ficción", revestida del encanto propio
de la modernidad: verdad de la confidencia, realismo del relato, proximidad
entre el héroe y el lector; del clip al spot, pasando por el "live" (en vivo),
lo directo, la interactividad, que permiten adherir "de veras" a lo que se da a
ver, permitiendo creer y participar en ello, algo que a su manera también
presentan las "instalaciones" y "performances", con frecuencia dirigidas hacia
el "efecto de lo real" y el compromiso "activo" del espectador; en resumen, de
la tele-realidad a los juegos de video, entre otros y múltiples ejemplos, como
lo proclamaba en otros tiempos el slogan de la radio RTL: "lo importante es
vibrar". Lo que aquí se busca es la sensación, lo inmediato, unido sin
cuestionamiento posible a lo real y, por lo tanto, y esto es tal vez lo más
importante, lo verídico.
Para Bougnoux, este "presentismo" instaura "la tiranía de la autenticidad y de
lo vivido": algo con lo que sólo se puede estar de acuerdo, sin necesariamente
lamentarlo. ¿Por qué los detentores de la cultura al estilo antiguo, la novela
"lenta", las obras difíciles, tendrían acceso a una verdad superior? ¿No podría
tratarse de la vieja querella elitismo contra populismo, o de una repetición que
culpabiliza, entre moral del esfuerzo contra búsqueda del placer?
Claramente no es así. Como en Rey, pero por la vía de una "ética de la
representación", se trata de una reflexión sobre el sujeto democrático, de un
estudio sobre una cierta perversión del individualismo: descripto, a lo largo de
un recorrido del "desmantelamiento de escenarios artísticos y mediáticos", como
reducido a una "burbuja narcisista" y que, por complacerse demasiado en la
"intoxicación emocional" que procuran todas esas bocanadas de "realidad", podría
terminar por desviarse hacia el olvido de la "cosa común", y hacia los sueños o
pesadillas, íntimas.
En efecto, ¿qué ocurre cuando los individuos ya no tienen curiosidad por lo que
afecta a su propio mundo, que es en gran medida lo que puede suceder con
internet (aun cuando no pueda reducírselo a ello)? ¿Qué ocurre cuando se
prefiere lo que actúa directamente sobre los nervios –la inmersión en la fiesta,
la comunión con un sentimiento compartido, la "presencia pura"– al hecho de
poner a distancia, poner en símbolos, en diferido, en resumen, cuando se
prefiere lo "vivido" a la representación? Entonces, "se salta el recodo de una
mentalización y su filtro crítico", el "cuerpo a cuerpo" hace corto circuito con
la razón, sella una adhesión sin debate, la representación desaparece en
beneficio del surgimiento de "la vida", lo que torna superfluo sino imposible
cualquier puesta en perspectiva; como muy bien dice la expresión juvenil
"pasarlo bomba". El sentido-significado es pulverizado por el sentido-sensación,
que basta para su legitimidad. Esto crea una "comunidad reducida a los afectos",
que no tendrá otro mundo común que lo común del narcisismo, y no habrá otro
criterio de pertinencia de una obra que la fuerza del efecto producido
instantáneamente, lo que, por otra parte, fue siempre muy bien comprendido por
la propaganda de los regímenes totalitarios, grandes expertos en espectáculos de
fusión.
Se entiende que no estamos en esa instancia –aunque la estrategia de Silvio
Berlusconi para acceder al poder, presentada en un discurso verdadero-falso, da
que pensar–, y Bougnoux no hace una lectura maniquea de nuestras evoluciones
contemporáneas. Sin embargo, es fundamentalmente preocupante para la democracia
que la emoción, la fusión, en su evidencia, en su surgimiento, baste como
garantía de verdad.
Porque entonces la Razón se aleja, y también los significados compartidos. Creer
en la transparencia del yo, lo que está pleno de imaginario, creer en la
transparencia de la emoción, equivale a aceptar que los instintos, las pulsiones
se "liberen" y ocupan todo su lugar. Pero lo rechazado que se da como verdad es
lo que alimenta la "barbarie": no más fronteras entre la pulsión y el exterior,
no más diferencia de estatus entre las diferentes necesidades del individuo, las
que serían sólo de él, y las que serían de todos.
Bougnoux, usando a veces un lenguaje de jerga, celebra el secreto íntimo, la
cortesía del escenario, el bello corte que en otros tiempos ofrecían el teatro y
el cine entre lo real y la ilusión, y va intrépidamente a contracorriente:
contra una cierta vanguardia, contra el lírico Guy Debord, contra, sobre todo,
algunos valores del "igualitarismo democrático", que contribuyen a socavar lo
que, si queremos que advenga el sujeto democrático, es una absoluta necesidad,
es decir el mantenimiento de la diferencia con las fuerzas salvajes del "ello",
tan maravillosamente manipulables.
Como Olivier Rey, Daniel Bougnoux es un buen "inquietador", y estos dos ensayos
insisten en la peligrosa confusión operada entre masificación y democratización,
al precio de una grave distorsión de las nociones de libertad y de igualdad.
Pero aunque la inteligencia de estos ensayos regocija, planea sobre el lector la
sombra de un profundo abatimiento, porque ya no se sabe muy bien qué pensar de
esta evolución hacia un narcisismo destructor, tanto de la persona como de un
proyecto colectivo. ¿Será que el ser humano tiene una naturaleza mala en el
fondo, espontáneamente inclinada a privilegiar la satisfacción de sus deseos, y
espontáneamente consagrada a la pasividad ante sus instintos egoístas? Esta
crisis de los "valores", crisis de la interioridad, crisis del contrato social,
¿es el sentido mismo de la historia de las democracias ricas? ¿Hay un encuentro
fatal entre la evolución de las democracias y los valores preconizados por el
liberalismo económico? Son preguntas centrales. Los trabajos de Eva Illouz y de
Micki McGee ofrecen herramientas para comenzar a responderlas.
"Patologías del individualismo"
Eva Illouz, profesora de sociología en la Universidad Hebraica de Jerusalén,
estudia la génesis del "homo sentimentalis". La expresión no requiere
comentarios; resulta flagrante que nuestra modernidad está vinculada a una
"nueva cultura de la afectividad": de la "parte femenina" de los hombres a la
"peoplisation" de las políticas, pasando por la preocupación por las causas
nobles, etc. Ahora bien, según Illouz, los sentimientos son evidentemente
fenómenos psicológicos, pero también, y "tal vez más aun, realidades sociales y
culturales". La tesis que desarrolla de manera cautivante establece una relación
muy estrecha entre la evolución del capitalismo y la transformación de la
importancia que se otorga a las emociones y a su expresión, que de a poco se han
convertido en la quintaesencia de la identidad personal. Es algo inesperado. Es
algo que permite descubrir lo ignorado.
Lo que Illouz estudia es esencialmente la modernidad según se la ve en Estados
Unidos, pero, mutatis mutandis, queda claro que sus dichos se aplican al
conjunto de los países desarrollados. En primer lugar señala cómo, después de la
introducción del psicoanálisis –por otra parte, este interés merecería ser
explicitado–, el "yo ordinario" sería concebido como una "entidad misteriosa",
que cada uno debería conocer y desarrollar.
Desde los años 1920 el "imaginario psicoanalítico" fue introducido en la
empresa; el buen manager debía ser un buen psicólogo, los conflictos se
consideraban como relacionados con la psicología, se privilegiaba la "escucha",
y la "ética comunicacional" llegó a ser el espíritu de la empresa. El conflicto
social no puede ser más que un malentendido. De manera similar, la competencia y
el desempeño profesionales serán percibidos como un producto del yo profundo. El
fracaso, o la inclinación a la huelga, serán leídos como un desorden íntimo, que
debe aclararse. Esta concepción, que permite aumentar la productividad, se
extiende fuera de la empresa gracias a la institucionalización de la psicología.
Las relaciones íntimas se transforman en objetos mensurables, "comparables entre
sí, y tienen que ver con un análisis en términos de costo y beneficio", mientras
se acentúan el subjetivismo y la sentimentalidad, ya que nuestras emociones
tienen un valor por el solo hecho de ser expresadas.
La salud y la realización de sí mismo son ahora una sola y misma cosa. Cada uno
tiene su "yo", su diferencia; las emociones son un nuevo capital, todo
sufrimiento debe ser reconocido no como una falta moral, sino como constitutivo
de una individualidad, al mismo tiempo que se combate el disfuncionamiento: lo
que confirma la codificación de las patologías mediante el Manual Diagnóstico y
Estadístico de los Trastornos Mentales de 1954, que amplía considerablemente los
trastornos reembolsables por los seguros y el mercado de las empresas
farmacéuticas; pero que, sobre todo, define banalmente la "normalidad" como la
aptitud para "desarrollarse". El yo sufriente es así reinsertado en el mercado,
como un producto con fallas a corregir, como un desafío particular a tomar, sin
que nunca se defina claramente lo que sería una "realización" plena.
Así es como el capitalismo adopta un rostro humano y como se disuelve la
frontera entre lo público y lo privado, como triunfa la ideología liberal de la
opción, expresándose con todas sus contradicciones y tristezas en los sitios de
encuentros de internet… Así es como lo que parecía una promesa de liberación y
de felicidad se convirtió en una restricción interiorizada, invisible,
"natural", ya que su "construcción" se ha borrado. Movido por estas nuevas
normas de igualdad, de libertad, de transparencia, de racionalización, el
individualismo moderno alberga una vida emocional que "obedece a la lógica de
las relaciones y los intercambios económicos". La economía íntima y la economía
de mercado se casan, incluso en nombre de los valores de la democracia,
modulados, interpretados, utilizados por un sistema económico bien definido, que
piensa en hacerse pasar por sinónimo de democracia.
Estas "patologías del individualismo" parecen surgir del encuentro entre los
ideales de la democracia y los objetivos de un nuevo capitalismo. Pero, a menos
que se espere una revolución, ¿cómo podemos imaginar un futuro que no superponga
al ciudadano y al consumidor, a los "derechos de" y el "derecho a"? Micki McGee,
socióloga estadounidense, después de haber estudiado las condiciones de
aparición y los significados de la demanda masiva de técnicas de auto-desarrollo
en Estados Unidos, también recuerda que "las estructuras sociales y las
identidades individuales son mutuamente constitutivas: están interconectadas
hasta tal punto que cambios en las primeras traen consigo cambios en las
segundas y, podría decirse, viceversa".
Pero aunque ahora cada uno es conminado a "trabajar sobre sí mismo" y a
considerarse como "capital humano", con mayor intensidad cuando mayor es la
inseguridad social, también la alienación llega a su colmo y hace recaer la
responsabilidad de su insatisfacción social en el propio individuo, culpable de
no ser lo suficientemente decidido para "llegar a ser todo lo que puede ser"; la
autora postula, sin embargo, que esta búsqueda enajenada de la realización de sí
mismo puede "servir de catalizador para un cambio social". Es para ella como una
forma "prepolítica" de protesta, que podría ser canalizada hacia una
"participación política".
Esto supone reconocer que "el deseo de inventar su vida ya no tiene que ver con
el narcisismo, o con un impulso emancipador alternativo, sino más bien que se
hace cada vez más necesario como una nueva forma de 'trabajo inmaterial'
–actividades mentales, sociales y emocionales– requerido para participar en el
mercado de trabajo" y, por otra parte, que hay que apoyarse en esta aspiración
para extenderla a la reivindicación de un mundo en el cual "el libre desarrollo
de cada uno es entendido como la condición del libre desarrollo de todos".
Seguramente esto también supone que se reafirme el valor fundador de la razón
común, que se deconstruyan las ilusiones de libertad, pero apoyándose en eso
que, en los malentendidos y trampas de la modernidad, entraña, de manera
contradictoria pero tenaz, la aspiración a una vida mejor.
1 Este artículo es una reflexión basada en los siguentes ensayos: Olivier Rey,
Une folle solitude. Le fantasme de l'homme auto-construit, Le Seuil, París,
2006, 330 páginas; Daniel Bougnoux, La crise de la représentation, La
Découverte, París, 2006, 184 páginas; Eva Illouz, Les sentiments du capitalisme,
traducido del inglés por Jean-Pierre Ricard, Le Seuil, París, 2006, 202 páginas;
Micki McGee, Self-Help. Inc. Makeover Culture in American Life, Oxford
University Press, 2005, 288 páginas.
2 Pierre Legendre, La Fabrique de l'homme occidental, Mille et une nuits, París,
2000.
3 Rémi Brague, La Loi de Dieu, Gallimard, París, 2005.
4 Dany-Robert Dufour, "De la réduction des têtes au changement des corps", Le
Monde diplomatique, París, junio de 2005.
E.P.


Escritora, autora entre otros de Dick, le zappeur des mondes, La Quinzaine
litéraire, París, 2005; y de L'Almanach des contrariés, Gallimard, col.
"L'arpenteur", París, 2002.
Traducción: Lucía Vera
http://www.eldiplo.org/login.php3?numero=138&semanal=93/S_B_2_08

Adolfo
http://soyelyugo.blogspot.com/