Narnia. La señora del almacén. (por Eddie Whopper)

"Mirá, acá hay una sola cosa", explicó. "Se quieren hacer millonarios de un día al otro sin trabajar. Quieren llenarse los bolsos de plata, como el otro. Acá están todos acostumbrados a no trabajar".




CRÓNICAS DE LA CLASE MEDIA MACRISTA

Hoy presentamos: LA SEÑORA DEL ALMACÉN.

"Yo no entiendo a los comerciantes", dijo hace unos días la señora que atiende un almacencito de esos que "tienen de todo". "No entiendo a los comerciantes. Tengo la manteca de 100 gramos a 35 pesos. La tengo porque hay que tenerla, porque si no tengo manteca es como si no tuviera cigarrillos. A mí de costo la manteca me sale 27, así que fijate que trabajo con un margen que es casi nada. Hoy vino el camión de (pongamos) La Paulina. ¿Sabés a cuánto me la dejó? 38 con setenta y nueve. DE COSTO. ¿A cuánto la tengo que vender?"

"Qué quiere que le diga. Con el aumento de la leche, de la electricidad, del gas, de los impuestos…" intenté empezar a explicar, para llegar a la conclusión de que ésta es la consecuencia de haber votado a un empresario sin límites éticos y evidenciar que la señora terminaba siendo un obrero de las empresas proveedoras al menor costo posible, poniendo sus propios recursos para que el flujo de la mercadería sea un simple pase de manos cuya recompensa se mida en moneditas, como la moral discepoliana.

"No, qué impuestos", patentizó la mujer. "Acá no se trata de impuestos, perdoname".

"Bueno", me aventuré a continuar, aunque TODOS mis ángeles guardianes me avisaran que, a una sola palabra más, se irían a hacer algo más provechoso afuera y que yo me las arregle. "Sí, los impuestos tienen relación. Y no sólo los impuestos: si a usted la energía eléctrica de mil pesos cada dos meses le salta a cuarenta y siete mil por mes, ese aumento se va a reflejar en el costo final del producto. A eso hay que sumarle el incremento de las materias primas, de los repuestos del camión que las trae, del combustible (que aumentó un 200% en dos años)…". La señora no me escuchaba, o iba invalidando todo lo que decía a medida que lo decía.

"Mirá, acá hay una sola cosa", explicó. "Se quieren hacer millonarios de un día al otro sin trabajar. Quieren llenarse los bolsos de plata, como el otro. Acá están todos acostumbrados a no trabajar".

"Es posible que algo de eso haya, pero siempre que aumentan los costos directos e indirect…". Yo soy especialista en el papel involuntario del "tonto que dice tonterías". La medianía ha sido el juez más cruel de mi honestidad intelectual.

"Mirá, cuando las cosas te aumentan, vos no tenés que aumentar las cosas", dijo, con esa capacidad de abstracción que vincula los (para mí) más insondables conceptos cuyo conocimiento sólo se les concede a ellos, los Felices del Mundo, el público en general, el "ciudadano de a pie" que inunda las veredas y los criterios. "Cuando las cosas aumentan", continuó, "vos tenés que trabajar más. Si las cosas aumentan al doble, vos tenés que trabajar el doble. Si aumentan el triple, tenés que trabajar el triple. Yo, por ejemplo, tengo SEIS heladeras: ¿sabés cuánto me llegó de luz? Por ahí tengo la boleta. Y no me quejo: trabajo más para cubrir el costo".

Imposible, imposible abordar nada. Encima, la había estimulado YO, yo mismo, para que desarrollara su perorata del "cambio". ¿No es evidente PARA TODOS que hasta hace 3 años a la gente le iba mejor, y que cuando asumió Macri provocó la decadencia económica más acelerada y profunda de al menos los últimos 15 años? No, no es evidente.

"Yo tengo que mantener prendidas las seis heladeras más esta heladera mostrador que ves acá. Abro a las ocho de la mañana y no cierro al mediodía. Hago horario corrido hasta las 12 de la noche y viernes y sábados hasta las 2 o 3 de la mañana. Todos los días: los domingos tampoco cierro y hace tres años que no me tomo UN DÍA de vacaciones". Entonces, en pleno paroxismo, lo dijo: "Nadie nunca me regaló nada, y los políticos son todos iguales. Todo esto que ves acá, lo conseguí con mi esfuerzo y el de mi marido, NADA MÁS".

Saqué la cuenta y no le creí: tres años, 2016, 2017, 2018. ¿Se impuso jornadas de al menos 16 horas, y no descansó desde que asumió el "cambio" que votó? "Esa puerta que ves ahí", me había dicho alguna vez, "es la puerta de mi habitación. Yo me levanto, hago dos pasos y estoy en el negocio. Cuando tengo, así, que no viene nadie, aprovecho para limpiar. Mi marido me ayuda mucho, pero él tiene su trabajo, también".

Justamente ayer por la noche me atendió el marido. "Cómo le va, raro verlo. En general está la señora".

"Es que la tengo enferma. Es la primera vez que cae en cama desde que abrimos hace (quinientos) años".

"Pero, qué macana".

"Sí".

"¿Y qué tiene?"

"Le agarró un infarto".

"¿Un infarto?"

"Sí: estaba acá en el mostrador y le agarró como un mareo; por suerte había una clienta conocida que llamó a la doctora de acá a dos cuadras y de ahí directo al hospital. Si vino la ambulancia, salieron los vecinos… la tengo en cama, ahora; así que estoy de turno en el almacén".

"Pero, che, qué macana… Me contó una vez que trabajaba 16 horas por día, quizás se tenga que tomar un momento de descanso", dije, no sé para qué, no hay mucho por decir, me parecía todo un despropósito grotesco.

"Sí, sí. Hará unos tres años que no cerramos nunca, porque si no, es imposible mantener toda esta estructura. Cuando pase este lío ya le dije, quedémonos un fin de semana entero en casa, aunque sea para dormir. Y si no se puede pagar la luz, se pagará el mes que viene con intereses. Lo importante por ahora es que se recupere. Ahí la dejé, está viendo Mirtha Legrand".

En fin, parece que era verdad: desde diciembre de 2015, la señora del almacén no había descansado NUNCA. REALMENTE creía, estaba CONVENCIDA –y se diría, de algún modo, "buenamente" convencida- de que Macri iba a promover el bienestar generar y a multiplicar los beneficios de una economía cada vez más próspera. Pero había sucedido todo lo contrario y, con un encomiable sentido del compromiso, la mujer había cargado sobre sus espaldas la exclusiva conducción de su destino, convencida de que sólo dependería de sí misma y de que sus decisiones eran lo único que influía en el resultado de sus conductas tomadas en consecuencia.

Esta señora, claramente intoxicada, había asumido sin especulación la "cultura del trabajo" y la idea de ascenso a través del "mérito". Era un soldado de la causa. Ante cada aumento de la manteca, ella redoblaba sus movimientos, ideaba estrategias, se transfería a sí misma las culpas del estancamiento, adecuaba a su intoxicación las causas de su infortunio y, motorizada por esa fuerza inclaudicable de la convicción franca, no se daba por vencida. Después de tres años de acentuar cada día un poco más las desventuras gozosas del sacrificio y de negar la realidad evidente a favor de su ilusión patológica, el corazón le había dado un baldazo de lucidez que –se me ocurre- tampoco sabrá advertir.

Me fui del pequeño almacén dañado. Campeaban, aquí y allá, como mercenarios cebados, los jinetes del absurdo y lo evitable. Mi vida misma es absurda y evitable, un espacio que inutiliza toda lógica, una demostración continua de la ineficacia del discurso, una bolsa vacía otra vez discepoliana, muerta de tristeza luego del fracaso de las posibilidades. Todas las filosofías apuntan a que el Otro, la alteridad, nos completa: acá, no.

"Si necesitás algo más" –me interpeló el hombre, mientras abandonaba el negocio- "hoy abro hasta las tres de la mañana. Cualquier cosita…".

No había más caso. No había más NADA.

Por Eddy Whopper
Tomado de fb.

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