M.


Llevaba días sumida en esta congoja y no sabía porqué. Los días de otoño suelen provocar sensaciones que no nos gustan.
Entre tantas ocupaciones no había mucho tiempo para reflexionar, se estaba acostando tarde para completar algunas tareas antes de viajar y se levantaba rigurosamente temprano para dar el ejemplo.
Hoy se maquilló y le pareció que su mirada estaba rara (es un dejo de trizteza, digo yo) se cubrió con el mejor maquillaje aunque no se esmeró demasiado en la indumentaria, después de todo los vuelos son algo habitual. En dos horas estaría, eso quisiera, más tranquila. Chequeó en el hall de preembarque sus mensajes. El psicólogo le confirmó el cambio de horario para el próximo lunes (más le valía). 
Justo frente a ella se acurrucaba una nena que se chupaba el dedo y cuya madre casi como un reflejo levantó suavemente y apoyó en el regazo golpeteándole la cola para que se relaje y se duerma.
M. guardó el celular entre ambas manos, que de pronto le sudaban y sintió que las rodillas no podrían sostenerla, se echó de lado sobre las sillas y acurrucó las piernas. 
Ojalá hubiera tenido una madre en quien retozar ahora.

I.X.X (2011)