El discurso de Macri después del balotaje
El domingo, Macri renunció a la presidencia. Al decir que no cambiará casi nada, está espantando a los de su clase. Con sus promesas de continuidad no va a seducir a los que quieren la restauración neoliberal. Pero tampoco a los que quieren la continuidad en serio, porque ya tienen quién los represente. El discurso de Macri después del balotaje fue su despedida, poco tiempo antes de iniciar una carrera que ya tiene perdida.
LUNES, 20 DE JULIO DE 2015
La semana pasada, los enemigos de la patria mostraron lo peor de sí mismos: la invasión a Río Gallegos con tropas porteñas, la irrupción en el departamento de Víctor Hugo Morales, la cautelar que posterga la adecuación de Clarín a la Ley, el aval de la Corte Suprema a Cablevisión para que no se presente en la Bicameral por las cuentas en Suiza y el tour de allanamientos de Bonadío antes de la feria judicial. En pocos días presentaron una síntesis bestial de su plan de gobierno: una Justicia cómplice y funcional a los intereses de unos pocos, dispuesta a perseguir, avasallar, amenazar; fuerzas policiales al servicio de la revancha por estos doce años K; patricios decididos a recuperar el país para gobernarlo como un feudo. Eso pasó y el domingo saborearon una casi derrota.
Sonrisas forzadas y saltitos contenidos, festejos ensayados en bambalinas, globos desteñidos y papelitos que caían como si fueran de plomo. Rodríguez Larreta, con esa mueca que asusta, enumeró falencias con forma de logros, cargado de cinismo, como siempre. Y con esa diabólica extensión de su boca amenazó con propagar la gestión amarilla a todo el país, como un villano que quiere destruir el planeta. Esa alegría grupal era fingida, por si muchos no lo han advertido. La peor victoria del PRO demuestra que, por un tiempo, ese club de amigos no podrá alejarse demasiado del Obelisco.
El Mauricio Macri que apareció en el escenario no era el de siempre: estaba demacrado, disminuido, doblegado. Hasta parecía tener un pañal que abultaba sus pantalones en las zonas correspondientes. Un poco envalentonado por los cánticos de fervor simulado, aprovechó el clima de flaco jolgorio para lanzar su candidatura presidencial. Aunque intentó mostrarse victorioso, su discurso tuvo sabor a derrota.
La despedida de Macri
A tres semanas de la instancia electoral más concluyente de los últimos tiempos, el FPV está bien posicionado. Salvo que ocurra una hecatombe o una epidemia de confusión en la ciudadanía, Daniel Scioli será el próximo presidente. Más allá de la diferencia de estilo, el ex motonauta tomará la posta para continuar con este proyecto comenzado en 2003. Por primera vez en muchas décadas, la positiva imagen presidencial sigue escalando a medida que se aproxima el fin de su mandato. Las crisis pronosticadas están cada vez más lejos. Al contrario, como nunca la transición se producirá en medio de una economía controlada, casi floreciente. Claro, habrá algunos intentos de desestabilización pero de tan predecibles, no tendrán efectos perniciosos. Y lo más importante, la mayoría de los ciudadanos hemos comenzado a disfrutar las bondades de un país inclusivo.
Por eso la idea de cambiar todo no resulta muy seductora. Tarde se dio cuenta Macri de esta particularidad. El baldazo de agua helada en su propio territorio lo obliga a dar un torpe giro en su discurso. Por un lado, el nombre de fantasía de su frente electoral, Cambiemos, casi lo desaloja de su bastión. Por el otro, el oposicionismo patológico que guió su personaje en estos años ya no tiene sentido. Ante el desconcierto de sus seguidores, la continuidad es su lema. Si sus palabras fuesen sinceras, estaría traicionando a todos los que aplaudieron sus prejuiciosas críticas durante todo este tiempo. Además, para confundir a sus fans, ahora valora lo que antes denostaba. Hasta no hace mucho prometía privatizar lo que se había estatizado. Como su alucinado asesor está más preocupado en ganar que en exhibir cierta coherencia, Macri debe asegurar que no cambiará nada.
Según parece, será un kirchnerista con mejores modales. Con la emoción de un molusco, el Líder Amarillo recitó las sandeces de siempre: respetar al que piensa distinto y garantizar la libertad de expresión, pero sin cuestionar las operaciones mafiosas desplegadas en los días previos que tenían como objetivo pisotear esos derechos. La indisimulable hipocresía del que se sabe impune. Después de invadir una provincia con sus tropas, ya debería estar despidiéndose de ocupar un cargo ejecutivo de por vida.
Pero no. Como buen patricio, sabe que la ley no lo alcanza. Y sabe también que puede ostentar su ignorancia a los cuatro vientos, como cuando dice que “confiscaron YPF violando la Constitución” o “vamos a trabajar para que el Congreso apruebe la AUH”, cuando ya es ley desde hace años y la movilidad fue aprobada la semana pasada. El domingo, Macri renunció a la presidencia. Al decir que no cambiará casi nada, está espantando a los de su clase. Con sus promesas de continuidad no va a seducir a los que quieren la restauración neoliberal. Pero tampoco a los que quieren la continuidad en serio, porque ya tienen quién los represente. El discurso de Macri después del balotaje fue su despedida, poco tiempo antes de iniciar una carrera que ya tiene perdida.
Publicado por Gustavo Rosa en 14:06
http://apuntesdiscontinuos.blogspot.com.ar/2015/07/lecciones-para-bailar-la-marcha-funebre.html
*
Macri fue a las urnas solo, con candidatos Pro puros. Ahora debe revisar la estrategia.
Ricardo Roa
Ahora que están de moda los chinos es bueno recordar la máxima de Confucio: toda crisis puede ser una oportunidad.
El círculo rojo de Macri. El consultor Durán Barba y el secretario Marcos Peña, con Macri, en 2011.
Macri ganó este domingo con el Pro. No con su alianza de radicales y Carrió sino contra parte de su alianza de radicales y Carrió. Esa es la primera rareza.
Mirando a octubre no ganó por lo que él esperaba y se esperaba. Los que perdieron hoy sienten que ganaron y los que ganaron sienten que perdieron. Esa es la segunda rareza.
En el Pro saben que algo anduvo y anda mal con la estrategia. Macri apostó a desdoblar las elecciones porteñas para ganar por paliza y proyectarse triunfador a las PASO de agosto. La apuesta fue a un solo número de esta confusa ruleta: la gestión en la Ciudad. Puso ese activo en cabeza de Rodríguez Larreta. Le salió mal. O no le salió del todo bien.
La Ciudad fue la última de una serie de elecciones mediocres. Del triunfo esperado en Santa Fe a la derrota por una uña, la caída en Córdoba y este final sorpresivo en el bastión. Todos rendimientos por debajo de las expectativas o insuficientes para sus expectativas.
Las decisiones estratégicas de Macri se han fundado en tres axiomas que su gurú estrella, Durán Barba, suele repetir:
- La política sólo tiene interés para los políticos.
- Las identidades partidarias no existen más.
- La gente quiere cambiar por algo nuevo que no tenga nada que ver con los que gobernaron los últimos treinta años.
Por eso Macri decidió ir a las urnas solo, sin mezclarse y con candidatos Pro puros. Pintar todo de amarillo. Tan lejos llegó que hasta lanzó a su vice jefa de Gobierno y al jefe de la Legislatura porteña para encabezar la lista bonaerense. Se dio cuenta del error y metió la marcha atrás.
Puso en un globo sin ponerlo: prohibido acercarse al peronismo. El peronismo en todas sus formas. Y encontró en las PASO el instrumento para confluir con los radicales sin integrar una coalición con los radicales: eligió tenerlos adentro, pero escondidos. Justo a un partido que tiene muchas cosas que él no tiene.
A estas alturas se puede ver cuáles son los resultados de encerrarse. Perdió la oportunidad de construir un acuerdo con Massa y pelear la provincia de Buenos Aires desde la fortaleza que podía darle una pata peronista. No sólo votos sino también los fiscales que a él le faltan para controlar el distrito donde finalmente se juega la presidencia.
En Santa Fe le faltaron 1600 votos: aún debe sufrir por los 46 mil votos que tuvo Massa. También por no construir una coalición con los radicales: hubiera mejorado las chances de Aguad en Córdoba y restarle aquí apoyo a Lousteau, que sufrió ayer un ataque de importancia. Se apropió de los votos como si fuesen solamente suyos y se tomó una revancha personal con Macri: dijo que no lo votará para presidente. Lo hará por Sanz, a quien pudo habérselo dicho o al menos nombrado cuando estuvo a su lado la noche del domingo.
Lousteau creció lo que creció por los votos antimacristas, pero a la idea macrista de que los aparatos políticos son cosa vieja también la voltearon esos votos. El Pro perdió en las comunas del sur porteño donde el peronismo tiene resto. Y perdió en el Centro de la ciudad donde el radicalismo es el que lo tiene.
Entre paréntesis: también perdieron los encuestadores que habían proyectado una diferencia de diez puntos a favor de Larreta. Lo mismo daban las bocas de urna del Pro promediando el comicio. Quedó claro el límite que tienen las encuestas o, lo que es lo mismo, el límite que tiene confiar en las escuestas.
La cultura política no se debería definir por encuestas pero en el Pro son una religión. Fiel a ellas, Macri aplicó la teoría de la inmovilidad: nada de debates y mucho de timbreo en casas de vecinos, como si en lugar de ser un candidato a presidente fuera un candidato a intendente.
La consigna es o era no decir nada salvo la apelación al cambio y a lo nuevo. Nadie le puede pedir a Macrri que toque un Stradivarius pero ¿qué cambio es el que no se explica? Lo viejo no sirve. Está claro. Pero ¿en qué consiste lo nuevo que él propone?
El domingo amagó con darle validez a la política. Anunció que mantendrá a Aerolíneas y a YPF en manos del Estado, dos temas que introdujo en la agenda sólo para desmarcarse de las críticas de privatizador y liberal. Scioli lo cruzó esa misma noche y contrapuso su supuesta coherencia con la supuesta incoherencia de Macri. Justo él que acompañó a Menem en todas y cada una de las privatizaciones de los 90.
Como parte del mismo pelotón de fusilamiento, salió Máximo. Dijo: “al escuchar a Macri me pareció escuchar a Recalde”. Olvidó que Recalde salió tercero en la peor elección del kirchnerismo en la Ciudad. Además dijo que “Lousteau queda muy bien y con todo el futuro por delante”. Es el mismo Lousteau al que Cristina destrozó y contra el que el kirchnerismo hizo campaña sucia.
No es ninguna novedad que el Gobierno que ha perdido festeje los votos ajenos. Se camufla como un pulpo: se viste de ganador y salió tercero aquí, en Córdoba y en Santa Fe. La novedad es que el macrismo que ha ganado debe revisar su estrategia. Las PASO están a tres semanas. Una crisis es una oportunidad. Siempre y cuando no sigas haciendo lo mismo que te llevó a la crisis.
http://www.clarin.com/politica/toda-crisis-oportunidad_0_1397860325.html
LUNES, 20 DE JULIO DE 2015
Lecciones para bailar la marcha fúnebre
La escena es patética. Un triunfo ajustado que se quiere disimular y un proyecto de país que se va modificando de acuerdo a los soplos del asesor. Hasta los militantes del PRO se sorprendieron ante las volteretas discursivas que Mauricio Macri brindó el domingo, después del balotaje en la CABA. ¿Cambiemos para continuar o continuemos para cambiar? Y como siempre, la inconsistencia argumentativa, la ausencia de datos, la manipulación constante, las promesas que, como todos saben, no cumplirá. Una vez más, el Alcalde Amarillo advierte que no será presidente pero en esta oportunidad no abandonará la carrera: sus amigotes del Círculo Rojo no se lo permitirían. No lo será por muchas cosas pero lo intentará, aunque para ello deba disfrazarse de cualquier cosa, hasta de kirchnerista; aunque deba apelar a las tretas más oscuras, de las que hacen piantar un lagrimón a los nostálgicos.La semana pasada, los enemigos de la patria mostraron lo peor de sí mismos: la invasión a Río Gallegos con tropas porteñas, la irrupción en el departamento de Víctor Hugo Morales, la cautelar que posterga la adecuación de Clarín a la Ley, el aval de la Corte Suprema a Cablevisión para que no se presente en la Bicameral por las cuentas en Suiza y el tour de allanamientos de Bonadío antes de la feria judicial. En pocos días presentaron una síntesis bestial de su plan de gobierno: una Justicia cómplice y funcional a los intereses de unos pocos, dispuesta a perseguir, avasallar, amenazar; fuerzas policiales al servicio de la revancha por estos doce años K; patricios decididos a recuperar el país para gobernarlo como un feudo. Eso pasó y el domingo saborearon una casi derrota.
Sonrisas forzadas y saltitos contenidos, festejos ensayados en bambalinas, globos desteñidos y papelitos que caían como si fueran de plomo. Rodríguez Larreta, con esa mueca que asusta, enumeró falencias con forma de logros, cargado de cinismo, como siempre. Y con esa diabólica extensión de su boca amenazó con propagar la gestión amarilla a todo el país, como un villano que quiere destruir el planeta. Esa alegría grupal era fingida, por si muchos no lo han advertido. La peor victoria del PRO demuestra que, por un tiempo, ese club de amigos no podrá alejarse demasiado del Obelisco.
El Mauricio Macri que apareció en el escenario no era el de siempre: estaba demacrado, disminuido, doblegado. Hasta parecía tener un pañal que abultaba sus pantalones en las zonas correspondientes. Un poco envalentonado por los cánticos de fervor simulado, aprovechó el clima de flaco jolgorio para lanzar su candidatura presidencial. Aunque intentó mostrarse victorioso, su discurso tuvo sabor a derrota.
La despedida de Macri
A tres semanas de la instancia electoral más concluyente de los últimos tiempos, el FPV está bien posicionado. Salvo que ocurra una hecatombe o una epidemia de confusión en la ciudadanía, Daniel Scioli será el próximo presidente. Más allá de la diferencia de estilo, el ex motonauta tomará la posta para continuar con este proyecto comenzado en 2003. Por primera vez en muchas décadas, la positiva imagen presidencial sigue escalando a medida que se aproxima el fin de su mandato. Las crisis pronosticadas están cada vez más lejos. Al contrario, como nunca la transición se producirá en medio de una economía controlada, casi floreciente. Claro, habrá algunos intentos de desestabilización pero de tan predecibles, no tendrán efectos perniciosos. Y lo más importante, la mayoría de los ciudadanos hemos comenzado a disfrutar las bondades de un país inclusivo.
Por eso la idea de cambiar todo no resulta muy seductora. Tarde se dio cuenta Macri de esta particularidad. El baldazo de agua helada en su propio territorio lo obliga a dar un torpe giro en su discurso. Por un lado, el nombre de fantasía de su frente electoral, Cambiemos, casi lo desaloja de su bastión. Por el otro, el oposicionismo patológico que guió su personaje en estos años ya no tiene sentido. Ante el desconcierto de sus seguidores, la continuidad es su lema. Si sus palabras fuesen sinceras, estaría traicionando a todos los que aplaudieron sus prejuiciosas críticas durante todo este tiempo. Además, para confundir a sus fans, ahora valora lo que antes denostaba. Hasta no hace mucho prometía privatizar lo que se había estatizado. Como su alucinado asesor está más preocupado en ganar que en exhibir cierta coherencia, Macri debe asegurar que no cambiará nada.
Según parece, será un kirchnerista con mejores modales. Con la emoción de un molusco, el Líder Amarillo recitó las sandeces de siempre: respetar al que piensa distinto y garantizar la libertad de expresión, pero sin cuestionar las operaciones mafiosas desplegadas en los días previos que tenían como objetivo pisotear esos derechos. La indisimulable hipocresía del que se sabe impune. Después de invadir una provincia con sus tropas, ya debería estar despidiéndose de ocupar un cargo ejecutivo de por vida.
Pero no. Como buen patricio, sabe que la ley no lo alcanza. Y sabe también que puede ostentar su ignorancia a los cuatro vientos, como cuando dice que “confiscaron YPF violando la Constitución” o “vamos a trabajar para que el Congreso apruebe la AUH”, cuando ya es ley desde hace años y la movilidad fue aprobada la semana pasada. El domingo, Macri renunció a la presidencia. Al decir que no cambiará casi nada, está espantando a los de su clase. Con sus promesas de continuidad no va a seducir a los que quieren la restauración neoliberal. Pero tampoco a los que quieren la continuidad en serio, porque ya tienen quién los represente. El discurso de Macri después del balotaje fue su despedida, poco tiempo antes de iniciar una carrera que ya tiene perdida.
Publicado por Gustavo Rosa en 14:06
http://apuntesdiscontinuos.blogspot.com.ar/2015/07/lecciones-para-bailar-la-marcha-funebre.html
*
En toda crisis hay una oportunidad.
OPINIÓNMacri fue a las urnas solo, con candidatos Pro puros. Ahora debe revisar la estrategia.
Ricardo Roa
Ahora que están de moda los chinos es bueno recordar la máxima de Confucio: toda crisis puede ser una oportunidad.
El círculo rojo de Macri. El consultor Durán Barba y el secretario Marcos Peña, con Macri, en 2011.
Macri ganó este domingo con el Pro. No con su alianza de radicales y Carrió sino contra parte de su alianza de radicales y Carrió. Esa es la primera rareza.
Mirando a octubre no ganó por lo que él esperaba y se esperaba. Los que perdieron hoy sienten que ganaron y los que ganaron sienten que perdieron. Esa es la segunda rareza.
En el Pro saben que algo anduvo y anda mal con la estrategia. Macri apostó a desdoblar las elecciones porteñas para ganar por paliza y proyectarse triunfador a las PASO de agosto. La apuesta fue a un solo número de esta confusa ruleta: la gestión en la Ciudad. Puso ese activo en cabeza de Rodríguez Larreta. Le salió mal. O no le salió del todo bien.
La Ciudad fue la última de una serie de elecciones mediocres. Del triunfo esperado en Santa Fe a la derrota por una uña, la caída en Córdoba y este final sorpresivo en el bastión. Todos rendimientos por debajo de las expectativas o insuficientes para sus expectativas.
Las decisiones estratégicas de Macri se han fundado en tres axiomas que su gurú estrella, Durán Barba, suele repetir:
- La política sólo tiene interés para los políticos.
- Las identidades partidarias no existen más.
- La gente quiere cambiar por algo nuevo que no tenga nada que ver con los que gobernaron los últimos treinta años.
Por eso Macri decidió ir a las urnas solo, sin mezclarse y con candidatos Pro puros. Pintar todo de amarillo. Tan lejos llegó que hasta lanzó a su vice jefa de Gobierno y al jefe de la Legislatura porteña para encabezar la lista bonaerense. Se dio cuenta del error y metió la marcha atrás.
Puso en un globo sin ponerlo: prohibido acercarse al peronismo. El peronismo en todas sus formas. Y encontró en las PASO el instrumento para confluir con los radicales sin integrar una coalición con los radicales: eligió tenerlos adentro, pero escondidos. Justo a un partido que tiene muchas cosas que él no tiene.
A estas alturas se puede ver cuáles son los resultados de encerrarse. Perdió la oportunidad de construir un acuerdo con Massa y pelear la provincia de Buenos Aires desde la fortaleza que podía darle una pata peronista. No sólo votos sino también los fiscales que a él le faltan para controlar el distrito donde finalmente se juega la presidencia.
En Santa Fe le faltaron 1600 votos: aún debe sufrir por los 46 mil votos que tuvo Massa. También por no construir una coalición con los radicales: hubiera mejorado las chances de Aguad en Córdoba y restarle aquí apoyo a Lousteau, que sufrió ayer un ataque de importancia. Se apropió de los votos como si fuesen solamente suyos y se tomó una revancha personal con Macri: dijo que no lo votará para presidente. Lo hará por Sanz, a quien pudo habérselo dicho o al menos nombrado cuando estuvo a su lado la noche del domingo.
Lousteau creció lo que creció por los votos antimacristas, pero a la idea macrista de que los aparatos políticos son cosa vieja también la voltearon esos votos. El Pro perdió en las comunas del sur porteño donde el peronismo tiene resto. Y perdió en el Centro de la ciudad donde el radicalismo es el que lo tiene.
Entre paréntesis: también perdieron los encuestadores que habían proyectado una diferencia de diez puntos a favor de Larreta. Lo mismo daban las bocas de urna del Pro promediando el comicio. Quedó claro el límite que tienen las encuestas o, lo que es lo mismo, el límite que tiene confiar en las escuestas.
La cultura política no se debería definir por encuestas pero en el Pro son una religión. Fiel a ellas, Macri aplicó la teoría de la inmovilidad: nada de debates y mucho de timbreo en casas de vecinos, como si en lugar de ser un candidato a presidente fuera un candidato a intendente.
La consigna es o era no decir nada salvo la apelación al cambio y a lo nuevo. Nadie le puede pedir a Macrri que toque un Stradivarius pero ¿qué cambio es el que no se explica? Lo viejo no sirve. Está claro. Pero ¿en qué consiste lo nuevo que él propone?
El domingo amagó con darle validez a la política. Anunció que mantendrá a Aerolíneas y a YPF en manos del Estado, dos temas que introdujo en la agenda sólo para desmarcarse de las críticas de privatizador y liberal. Scioli lo cruzó esa misma noche y contrapuso su supuesta coherencia con la supuesta incoherencia de Macri. Justo él que acompañó a Menem en todas y cada una de las privatizaciones de los 90.
Como parte del mismo pelotón de fusilamiento, salió Máximo. Dijo: “al escuchar a Macri me pareció escuchar a Recalde”. Olvidó que Recalde salió tercero en la peor elección del kirchnerismo en la Ciudad. Además dijo que “Lousteau queda muy bien y con todo el futuro por delante”. Es el mismo Lousteau al que Cristina destrozó y contra el que el kirchnerismo hizo campaña sucia.
No es ninguna novedad que el Gobierno que ha perdido festeje los votos ajenos. Se camufla como un pulpo: se viste de ganador y salió tercero aquí, en Córdoba y en Santa Fe. La novedad es que el macrismo que ha ganado debe revisar su estrategia. Las PASO están a tres semanas. Una crisis es una oportunidad. Siempre y cuando no sigas haciendo lo mismo que te llevó a la crisis.
http://www.clarin.com/politica/toda-crisis-oportunidad_0_1397860325.html