Libro: Años de rabia de Eduardo Blaustein



La batalla cultural.
“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”
Bernardo de Monteagudo

¿Qué es el periodismo hoy?

En la página 194 de Años de rabia, Eduardo Blaustein dice: “A lo largo del libro se dio a entender que el discurso promedio del kirchnerismo suele practicar reduccionismos, que suele pasarse de rosca en la intensidad y los enojos, que se tienta demasiado con la épica, que no abre lo suficiente, que suele fallar a la hora de interpelar la diversidad social, que a menudo el periodismo que simpatiza con el Gobierno replica las lógicas binarias de los medios dominantes. La idea que no se comparte es que apenas o sólo ‘la confrontación’ es la marca identitaria básica del kirchnerismo y mucho menos la noción de que ese rasgo sea exclusivo ya sea del kirchnerismo o de la época. Antes aún, la idea misma de ‘confrontación’ merece ser analizada antes de haberla convertido en fetiche, en rebusque semántico que con demasiada frecuencia dice poco o dice mal. Los conflictos en una sociedad son reales, a la hora de enfrentarlos hay que elegir, porque nunca las respuestas pueden satisfacer plenamente a las partes interesadas, alguien pierde más que el otro”.
Allí, el lector –tanto el atento como el desatento– del libro Años de rabia debe volver al principio, a las anotaciones, a los dobleces del vértice superior derecho de la página como recordatorio, a los subrayados y repreguntarse todo aquello que motivó esas formas rudimentarias de la perplejidad que sólo permite la palabra impresa sobre el papel. Grata sensación, elogio de la escritura, celebración de las opiniones: ¿qué hay de mejor en un libro que el hecho de despertar todas las dudas –aquella jactancia intelectual con que las trató de estigmatizar una bestia del siglo XX– posibles en quien lo lee?
Blaustein es uno de esos escasísimos “laburante/a de los medios” con los que se crece compartiendo trabajo. Dejando de lado las habilidades tituleras, la certeza de realizar una bajada o el encanto de ciertos requiebros barriales a la hora de rematar un párrafo, el verdadero crecimiento se da en esa sucursal imperiosa de toda redacción: el café de la esquina. Allí, Blaustein hace –parafraseándolo, se podría afirmar que “el verbo es caritativo”– que uno, uno cualquiera, se sienta –ídem anterior entreguionado– inteligente. Leerlo (leerDecíamos ayer, leer Años de rabia, leer sus notas o leer sus novelas) produce el mismo efecto: las ideas, los argumentos, las certezas, las hipótesis estallan para que uno, uno cualquiera, las tome, las adapte a sus propios razonamientos, las reorganice, las discuta.
Dicho esto, Años de rabia se propone –aun sin que ése sea el propósito– como una suerte de charla extensa e imprescindible sobre el papel periodístico en la actualidad. Una charla en la que, por supuesto, como en toda charla, es inevitable acordar y desacordar, sonreír afirmativamente y enojarse, extender la mano para asentir o para golpear la mesa con el índice derecho haciendo tintinear los pocillos. Porque desde el inicio del libro, en su “exploración preliminar”, como el mismo autor lo llama, el subtítulo “El periodismo, los medios y las batallas del kirchnerismo”, es decir la lectura completa, se plantea como “una noticia (que) es creída porque antesse cree, por lo menos, en su posibilidad de ser, en su verosimilitud, en un ecosistema social dado”. Entonces, el lector dudoso (es decir el lector propicio) se pregunta “¿periodismo?”, “¿qué entelequia es el periodismo?”, “¿es un conglomerado comparable a lo que en 2009 se llamó ‘el campo’ para adocenar campesinos que miran el cielo para ver si se salvan las veinte hileras de tomates con terratenientes que observan sus cuentas bancarias en Suiza?”. Es decir, simplificando, “¿hay periodismo o hay periodistas?”. Ahí nomás, de un certerorevival a sus estudios catalanes de los ’70, Blaustein recupera a la docente Mar de Fontcuberta: “Hay tantas actualidades periodísticas como medios existen en el mercado”. Y el lector –por obra y gracia de la lectura, ya bastante inteligente–, agranda la cancha catalana con un “entonces debe haber decenas y decenas de actualidades de periodistas en cada medio periodístico que existe en el mercado”.
Periodistas (decenas, centenas, miles de periodistas, más o menos reconocidos, más o menos estelares) que se criaron en lo que enAños de rabia se llama, con precisión quirúrgica, el “sistema Clarín”: “un complejo, introspectivo y sofisticado dispositivo total, que está por encima de los eventuales brillos individuales”. Un cachito más abajo en la misma página (93, para el lector que no dobló el vértice superior derecho), estalla la realidad del grueso de los periodistas que a decenas, centenares y miles fatigan más a sus lectores, radioescuchas o televidentes que a los pisos de las redacciones: “Los lenguajes promedio del sistema Clarín contribuyeron a aplanar y empobrecer el lenguaje de los argentinos, ‘secuestrando’, esta vez, riqueza, densidad, diversidad y complejidad”. Una realidad actual –para los periodistas o para cualquier hijo de vecino– a la que se suma la cuestión de haber atravesado los ’70 del “por algo será”; los ’80 (“el que vivió los ’80 y se acuerda de los ’80 es que no vivió los ’80”: escuchado en uno de esos tantos bares de la esquina de una de las tantas redacciones); los ’90 y la creencia de que el periodismo era la mismísima justicia, condenando o absolviendo de antemano, o, como dice Blaustein, creer que “vivíamos las mejores esencias del oficio; que las empresas podían ser nuestras aliadas (...) que no sólo éramos unos ídolos, sino que además éramos libres”, y diciembre de 2001, con Jorge Rial (sí, Jorge Rial) como único movilero de los inicios del estallido social, o lo que motivara (ya superada pero no olvidada la hecatombe) la sentencia del filoso personaje Pinky Lavié de Diego Capusotto: “Es esto o que vuelva la Alianza”.
Periodistas, en fin. Y un libro sobre periodistas (nuevamente se deja constancia aquí sobre la discrepancia con la palabra “periodismo” del subtítulo, lo que significa leer Años de rabia como un libro sobre toda la sociedad y sus complejas relaciones) en que, señala Blaustein, “fingir independencia suele equivaler a una artimaña menor y rutinaria; pego un poco allá, pego un poco acá, para simular un lugar de equidistancia ante las audiencias”. O ante el que está sentado al otro lado de la mesa del café, dispuesto a dudar, a congratularse por una discusión sobre nosotros mismos desde nosotros mismos (cosa harto difícil de encontrar en estos tiempos de comunicadores buenos buenísimos y malos malísimos), a llevar adelante un cruce importante para comprender lo que pinta como incomprensible, a crecer y a pagar lo consumido, que bien vale la pena.