El precio del dólar y La cifra de Borges
Año 6. Edición número 246. Domingo 3 de febrero de 2013
Por Eduardo Anguita
eanguita@miradasalsur.com
Para los sectores exportadores, el "dólar competitivo" es el que permite dejar al peso por el piso.
Es difícil aventurar cuánto influye la cotización del dólar en la construcción de identidad de cada grupo social, en cada persona, en cada coyuntura cultural y económica. El viernes pasado, mientras Buenos Aires hervía, este cronista compartió un asado con un grupo de viejos amigos en un balcón terraza. Mientras todos esperábamos que las nubes se hicieran líquidas y dieran paso a una lluvia restauradora, en medio de tormentas eléctricas, salió –cuándo no– el tema de cuántos serán los dólares huidos del sistema legal en los últimos, digamos, 45 años. Dólares negros, no verdes, no azules. La referencia es a esa suma brumosa que, para muchos, forma parte de los laberintos borgeanos que forjan la historia patria. Entre ojo de bife y chorizos, se arriesgaban cifras: las más modestas, 150 mil millones; las audaces lo hacían llegar a 200 mil.
Más interesante que descifrar cantidades abrumadoras es pensar en cada billetito o grupo inmenso de billetazos escapados del sistema por manos que se sienten propietarias. Es decir, el encanto que produce en cada grupo empresarial o persona individual sentirse respaldado por una cifra de dinero, por supuesto verde. Para algunos se trata simplemente de una creencia, de que es una moneda fuerte, invencible. Quizá, algunos toman ese camino para refugiarse, para salir de las incertidumbres de creer que viven en un país provisorio, débil. El que tiene dólares, en ese razonamiento, tiene más certezas, posee algo de los fuertes, de los poderosos. Pero sería ingenuo pensar que la dolarmanía se debe apenas a un fenómeno espontáneo, de cuentapropistas que piensan en la fragilidad de las opciones nacionales. Sin duda, hay motivos que los asisten. O una forma de razonar que los convence. Días pasados, Javier González Fraga explicaba en una entrevista radial que si se tomara la evolución de la cotización del dólar desde que Cristina asumió y se la cotejara con la actual, el billete verde debería valer lo que el dólar azul. Lo que los financistas llaman "el atraso cambiario".
Por Eduardo Anguita
eanguita@miradasalsur.com
Para los sectores exportadores, el "dólar competitivo" es el que permite dejar al peso por el piso.
Es difícil aventurar cuánto influye la cotización del dólar en la construcción de identidad de cada grupo social, en cada persona, en cada coyuntura cultural y económica. El viernes pasado, mientras Buenos Aires hervía, este cronista compartió un asado con un grupo de viejos amigos en un balcón terraza. Mientras todos esperábamos que las nubes se hicieran líquidas y dieran paso a una lluvia restauradora, en medio de tormentas eléctricas, salió –cuándo no– el tema de cuántos serán los dólares huidos del sistema legal en los últimos, digamos, 45 años. Dólares negros, no verdes, no azules. La referencia es a esa suma brumosa que, para muchos, forma parte de los laberintos borgeanos que forjan la historia patria. Entre ojo de bife y chorizos, se arriesgaban cifras: las más modestas, 150 mil millones; las audaces lo hacían llegar a 200 mil.
Más interesante que descifrar cantidades abrumadoras es pensar en cada billetito o grupo inmenso de billetazos escapados del sistema por manos que se sienten propietarias. Es decir, el encanto que produce en cada grupo empresarial o persona individual sentirse respaldado por una cifra de dinero, por supuesto verde. Para algunos se trata simplemente de una creencia, de que es una moneda fuerte, invencible. Quizá, algunos toman ese camino para refugiarse, para salir de las incertidumbres de creer que viven en un país provisorio, débil. El que tiene dólares, en ese razonamiento, tiene más certezas, posee algo de los fuertes, de los poderosos. Pero sería ingenuo pensar que la dolarmanía se debe apenas a un fenómeno espontáneo, de cuentapropistas que piensan en la fragilidad de las opciones nacionales. Sin duda, hay motivos que los asisten. O una forma de razonar que los convence. Días pasados, Javier González Fraga explicaba en una entrevista radial que si se tomara la evolución de la cotización del dólar desde que Cristina asumió y se la cotejara con la actual, el billete verde debería valer lo que el dólar azul. Lo que los financistas llaman "el atraso cambiario".
Lo notable es que los sectores neoliberales siempre evitan hablar del sexo de los ángeles. ¿Atraso para quién, Don Javier de La Salamandra? Perdón, como dice Borges en "Buenos Aires", uno de los poemas que componen La cifra, "Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos". Y González Fraga vendió la fábrica de dulce de leche hace unos pocos años a ¡Cristóbal López! Para los sectores exportadores, el "dólar competitivo" es el que permite dejar al peso por el piso. Vamos a ponerlo del lado del asalariado: el que gana 20 pesos por hora, digamos, hoy tiene el equivalente de cuatro dólares; si el dólar se fuera a ocho pesos, tendría el equivalente de dos dólares y medio. ¿Alguien le puede explicar al obrero que gana 20 la hora cuánto le va a costar el televisor, el celular o la compu? Además, Don Javier y todos los javieres devaluacionistas, ¿alguien nos puede hacer creer que el dulce de leche va a valer lo mismo si el peso se deprecia?; ¿y la carne?; ¿y el combustible o la electricidad?
Bueno es saberlo: hay inflación, pero habría mucha más si alguien acepta los consejos de los consejeros del gran capital.Volviendo al dólar fugitivo, hay una trama mucho más interesante y pecaminosa. Los que hacen fortunas –en negro, en blanco o cualquier tonalidad– tuvieron bancos y financieras a disposición. "Del otro lado de la puerta –dice Borges en 'La prueba', otro poema de La cifra– un hombre/ deja caer su corrupción. En vano/ elevará esa noche una plegaria/ a su curioso dios, que es tres, dos, uno/ y se dirá que es inmortal…"
Esos bancos o financieras tienen departamentos especializados en manejar dólares que no fueron declarados en el sistema pero también aquellos que requieren una ingeniería contable para justificar viajar a otro circuito. Ahí se encuentran, como en un lupanar de categoría, dólares de la droga, de las armas, de la corrupción de contratos públicos, de las facturaciones ficticias de muchos productos y de tantos otros orígenes.Dice Borges, para explicar el sentido de La cifra, que se trata de "poesía intelectual". Y dice que ese concepto es casi un oxímoron (una expresión contradictoria en sus términos pero que sirve para dar vida a un nuevo sentido). Dice Borges: "El intelecto (la vigilia) piensa por medio de abstracciones; la poesía (el sueño), por medio de imágenes, mitos o fábulas." Es casi perfecto para poder entender "el tamaño de mi esperanza", por ponerlo en términos de quienes forman parte de ese silencioso y laberíntico sendero de los miles de millones de dólares en negro que nadie quiso o nadie pudo desentrañar antes de poner una pequeña barrera que pone un pequeño freno a un pequeño ahorrista y que consiste, claro está, en la imposibilidad de comprar billetes en verde Washington y que impulsa a una serie de indignados a pagarlo en azul Washington.
Es decir, si no se combinara una fría racionalidad de banqueros con esa religión del billete verde, el fenómeno no podría haber cobrado, a lo largo de décadas, semejante tamaño y tanto misterio. Se supone que las autoridades fiscales, auxiliadas por mecanismos de inteligencia tributaria, pueden desentrañar las rutas del dinero como para detectar con precisión quién paga IVA, quién Ganancias y así sucesivamente. Algo pasa que la identidad de quienes mueven grandes cantidades de dólares negros es un misterio completo. Cuánto de racional, cuánto de religioso hay en la combinación que impide conocer esta verdad es difícil de cifrar. Lo curioso es que no faltan periodistas de temas económicos o financieros que se metan en esto. Sólo una referencia para ver que este no es sólo el país de la desmemoria y de mirar al costado. Los antropólogos forenses, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y tantos otros hicieron posible que llegaran unos días de justicia y los crímenes de lesa humanidad no fueran sólo cifras o muchachos y chicas que estaban en agendas. Una abrumadora demanda de esclarecimiento y de cárcel para los genocidas hizo lo que parecía imposible. Hasta la maquinaria judicial, otrora pieza indispensable de las desapariciones, se puso en marcha para vivir esta nueva etapa donde, uno a uno, se puede juzgar a los responsables.
Hoy se quejan las multinacionales porque, dicen, no pueden remitir ganancias. Se quejan los turistas porque, dicen, la AFIP muchas veces se las ingenia para que "se caiga el sistema" cuando alguien va con su autorización a adquirir sus divisas para un viaje. Se quejan los importadores. Se quejan empresarios que tienen que comprar insumos. Se quejan los Javieres González Fraga porque quieren devaluación.
El tórrido viernes de asado entre viejos amigos no tiene un único consenso. Es idea de este cronista que sería un gran avance hacer una breve historia de quiénes y por qué fugaron los dólares. La memoria de la AFIP, la memoria del Banco Central, de la Aduana, de Comercio Exterior, las memorias de las empresas públicas y de algunas privadas, todas cruzadas y analizadas, podrían servir para salir de la mitología verde, azul o negra. No parece ser lo mismo atesorar billetes verdes legalmente –o incluso ilegalmente– que ser parte de una maquinaria financiera pergeñada para lucrar con la fuga sistemática de divisas.
El texto no podría cerrar sin preguntar quién era el Borges que escribía los poemas de La cifra. "Soy cada instante de mi largo tiempo –decía en 'Yesterdays'–/ cada noche de insomnio escrupuloso,/ cada separación y cada víspera./ Soy la errónea memoria de un grabado."
Plena dictadura, pocos años atrás, el mismo que escribía versos insondables, saludaba con fervor y sin poesía a Videla y a Pinochet. La llegada de Raúl Alfonsín creó cierto fervor democrático en este hombre, que se sentía próximo a la muerte. La revista Gente publicaba una entrevista de Néstor Montenegro, el 15 de diciembre de 1983, apenas pasados cinco días de la asunción de Alfonsín. "¿Cómo y por dónde supone usted que debe comenzar la difícil tarea de volver a poner el país en marcha?", preguntaba el periodista, y Borges contestaba: "Tenemos un camino muy arduo que recorrer todavía. Hay que desandar muchos años del gobierno militar. Lo primero es la situación económica, luego, durante tantos años la deshonra, la corrupción, la coima. Todos estamos un poco manchados tal vez. Es muy difícil modificarlo en forma rápida. No sé si la gente espera un milagro de la noche a la mañana. Si nuestra esperanza es impaciente, creo que es un grave error. Ahora mismo, el peso argentino, traspuestas las fronteras, se evapora. Cuando me ofrecen dinero argentino, es lo mismo que me ofrecieran hojas secas..."
Resulta bastante impresionante: el brillante escritor, el que jamás reparaba en cosas mundanas y menos aun en el dinero, reparaba en lo poco que valía el peso. Ahí podría cifrarse, quizá, una fundación mítica de la dolarmanía. De inmediato, Borges se despachaba contra la dictadura: "Tantos años que yo me dejé engañar con los militares, con los militares que subieron al poder..." El periodista de Gente tenía un bastón para ofrecerle antes de que Borges siguiera su razonamiento. Lo interrumpió para decir la gran frase del momento: "Pero no sólo usted. Mucha gente pensó lo mismo...", y aunque Borges confirmó lo que el periodista esperaba, decidió ir contra el pensamiento de la derecha conservadora con la que históricamente se congraciaba: "Gran parte del pueblo argentino. Es que se esperaba no que fuera un gobierno eficaz, sino honesto, que se diferenciara del peronismo. Pero despojaron el país, lo expoliaron, lo destrozaron. Han cometido todos los errores y todos los crímenes posibles. Hasta se habla de 30 mil desaparecidos... Desaparecidos es un eufemismo, pero es decir 30 mil personas, acaso secuestradas, torturadas y tal vez asesinadas."
El gran pensador Horacio González, que por laberintos de la historia también llegó a la dirección de la Biblioteca Nacional, suele decir que, contra o a favor de Borges, crece el pensamiento crítico.
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