Que se vayan todos
"La clase más egoísta no podía sino equivocarse porque no tuvo ni la
solidaridad ni la conciencia de otros grupos para entender que en
algunas circunstancias es imposible salir solo."
La crisis argentina de diciembre de 2001 tuvo el cenit de su expresión neoliberal en boca de la vapuleada clase media. Fueron justamente ellos, un sector altamente perjudicado, quienes a partir de la confiscación de sus bienes y en medio de la crisis agitaron la consigna: "que se vayan todos". Y esta expresión sublime es un rasgo interesante del problema, de su origen y de sus interpretaciones. Que se vayan ¿quienes? ¿De que se hartó la sociedad argentina? Y... ¿cuál sociedad? De esto se tratan estas lineas.
Corría el 2001 y los problemas políticos y económicos se exacervaban, el modelo propuesto por el neoliberalismo, aumentado por la caída del mundo socialista a fines de los ochenta, se estaba mordiendo la cola en argentina, ya no había qué privatizar o vender, no llegaban las inversiones ni el crecimiento prometido y se intentaba disimular la desocupación con tardías herramientas keynesianas insuflando grandes sumas de dinero especialmente en la provincia de Bs As mediante el famoso Fondo de Reparación Histórica.
En un esfuerzo por llegar a las elecciones de '99 se generó mucho empleo y se forzó a la baja dicha estadística pero la gente despedida con las privatizaciones no recupero su plaza en el mercado laboral y la medida además de contradecir los fundamentos no intervencionistas del sistema acabó por agravar la crisis de la deuda cada vez más inmanejable.
Las clases mas acomodadas se mudaban a barrios privados y disfrutaban de la explosión de los servicios: celulares, tv por cable, autopistas, barrios cerrados. Había dos mundos claramente diferenciados: el de aquellos que administraban los servicios y el de los trabajadores fabriles y estatales en franca desaparición y sin posibilidad de reinserción en el mundo laboral. Un tercer grupo si se quiere, cada vez más grande conformado por los excluídos del sistema, gente sin capacitación, sin empleo y con menos resguardo a medida que pasaba el tiempo.
Se fue postergando la responsabilidad de la depresión pasando de la utopía cuentapropista del capital propio gracias a las indemnizaciones cobradas en dólares durante las reestructuraciones masivas al chauvinismo más acérrimo cuando comenzaron a llegar obreros bresileños primero y de otros países vecinos luego con sus necesidades a cuestas y su competitiva mano de obra barata que iba tomando los lugares que los obreros argentinos despreciaban por inconvenientes.
Se estigmatizó a peruanos y bolivianos culpándolos por la falta de empleo, de los bajos salarios y de los malos servicios públicos ahora abandonados por el estado. En lugar de ver en la administración pública las fallas en los sistemas educativo y de salud, se culpó a los inmigrantes de saturar la demanda y en esto los medios de comunicación tuvieron gran responsabilidad al difundir estas ideas del sentido común en lugar de analizar explicaciones más profundas.
El sentido común le daba la razón a Menem y luego a De la Rua quien por la presión de la opínión pública (que los medios decían representar) decidió a desgano apoyarse en Cavallo, siempre dispuesto a aplicar medidas neoliberales dónde le den el más mínimo resquicio. La gente (nosotros) debemos hacernos cargo de la parte que nos toca, se pedía más de lo mismo a gritos.
Tantos años de educación para el capitalismo antiestatista daban sus frutos, el país estaba quebrado, mal administrado, sin empresas públicas ni privadas con una deuda en crecimiento desenfrenado y la clase política (o la política en general) en retirada. Se había logrado instalar la idea de que un gerenciador era mejor que un político, a fin de cuentas era todo una mera cuestión económica y de la economía debían llegar las soluciones.
Se culpa al ex presidente De la Rúa de no haber encontrado el rumbo pero se olvida que había un consenso generalizado cuando llevó al ministerio de economía al ex ministro Domingo Cavallo, casi que le marcaron el rumbo a seguir, es decir, continuar con el mismo modelo: mantener el uno a uno en la paridad cambiaria con el dolar, profundizar el ajuste y una prueba de ello fue la ley de flexibilización laboral. Si de algo se puede acusar a De la Rua es de no haber levantado el pie del acelerador neoliberal pero está claro que hizo lo que esperaba de él.
Ahora bien, para impulsar las reformas se tuvo que hacer un gran esfuerzo en la década de los noventa y ya era hora de parar, parar con el gasto, pagar las deudas. Hasta que llegó un punto en que no se pudo disimular y especulación mediante, un golpe brutal de la crisis llegó a la clase media argentina: se confiscaron sus ahorros. Si bien esto no fue lo más grave de la crisis, si fue el punto más álgido, el dinero acorralado sensibilizó a los medios (claros representantes de las clases medias y altas) y los ahorristas enfervorizados salieron a las calles a protestar.
Ya había en el país grandes bolsones de miseria, desnutrición, mortandad infantil elevadísima para las tasas acostumbradas, desocupación, falta de insumos en hospitales y centros de salud (los pacientes tenían que llevar sus descartables a las consultas), la educación estaba desarticulada, sin contenidos y sin rumbo. En ese contexto, las protestas arreciaban, desde fábricas tomadas a piquetes en las calles y rutas, ollas populares, protestas de maestros y de jubilados pero al salir las clases medias a golpear las puertas de los bancos con sus cacerolas se ganaron el respaldo mediático. En medio de estas manifestaciones surge el famoso que se vayan todos que no fue otra cosa que la voz del hartazgo clasemediero argentino.
Es cierto que hubo confluencia de protestas "piquete y cacerola, la lucha es una sola" por ejemplo (aunque no duró demasiado esta solidaridad de clase), como también es cierto que los ahorristas solo querían su dinero de vuelta, no se reivindicaba otra cosa, ni la educación, ni el trabajo, ni la salud, y el "que se vayan todos" no es otra cosa que "dejennos solos", "que se retiren los políticos y que dejen a la economía a su sola suerte que un buen gerenciador va a saber sacarnos de esto". Ni más ni menos que el manual básico neoliberal aprendido desde hacía 25 años. ¿Qué otra cosa se podía pedir de un sector (muy amplio) educado en el individualismo, en el consumo, identificado con el cine de Hollywood, cuya meca es norteamérica y a quienes los medios no han hecho más que incentivar en ese sentido?
La consigna enarbolada, mediatizada, entonada en las marchas y hasta afamada e idealizada es una expresión fallida, un pedido de más desgobierno y más ajuste para salir de la crisis es un síndrome de Estocolmo masivo, un enamoramiento morboso. Es otro triunfo del pensamiento liberal: menos política, más economía. Porque sin políticos o sin política, ¿quién va a controlar a los mercados? En el pensamiento medio la respuesta es simple ¿para qué controlarlos si son exitosos, si han llegado a dominar el mundo?
Por supuesto que las cosas empeoraron y vino la crisis de diciembre de 2001, los saqueos, las muertes en Plaza de Mayo y la caída de un gobierno y el default.
Cuando años después vemos que era posible salir de semejante caos es frecuente escuchar como crítica a algún que otro político (en realidad a unos cuantos) que no hizo caso cuando se pidió que se vayan todos es bueno recordar quien lo pedía y en qué circunstancias. La no política era un grito desesperado de un grupo de neoliberales que vieron afectados sus intereses por lo mismo que promueven es decir que estaban tomando de su propia medicina y esta creo que fue la mejor advertencia hacia el futuro. Cuando hoy vemos las crisis que se suceden en el norte, la sociedad de consumo por antonomasia, es notable que no supieron leer en sus pares de la clase media argentina los alcances de las medidas elegidas. Porque esta clase media jamás entendió las razones de sus padecimientos, a los que dejó en el camino, esos que se cayeron y pasaron a ser pobres o hasta indigentes por las leyes del mercado, que perdieron educación, salud, futuro. La clase más egoísta no podía sino equivocarse porque no tuvo ni la solidaridad ni la conciencia de otros grupos para entender que en algunas circunstancias es imposible salir solo. Así lo entendieron los grupos piqueteros, los obreros que tomaron fábricas, los que se organizaron para luchar y salir adelante y entendieron que no se puede dejar que decidan otros, que hay que formar parte y de qué otra manera si nos es con participación política y quedándose, no yéndose, ni que se vayan todos, que se queden los que hagan lo que les pedimos que para eso están y para eso nos estamos movilizando.
IXX (2012)
Dos miradas diferentes sobre lo mismo:
El diario La Nación hacía un balance diez años después. Una mirada "antipolítica"?
http://www.lanacion.com.ar/1434052-despues-del-que-se-vayan-todos-hubo-una-alta-rotacion-en-el-congreso
Herramienta piensa el acontecimiento desde la izquierda. Una oportunidad perdida o se exageró el posible alcance de los hechos?
http://www.herramienta.com.ar/debate-sobre-cambiar-el-mundo/argentina-que-paso-con-el-que-se-vayan-todos
La crisis argentina de diciembre de 2001 tuvo el cenit de su expresión neoliberal en boca de la vapuleada clase media. Fueron justamente ellos, un sector altamente perjudicado, quienes a partir de la confiscación de sus bienes y en medio de la crisis agitaron la consigna: "que se vayan todos". Y esta expresión sublime es un rasgo interesante del problema, de su origen y de sus interpretaciones. Que se vayan ¿quienes? ¿De que se hartó la sociedad argentina? Y... ¿cuál sociedad? De esto se tratan estas lineas.
Corría el 2001 y los problemas políticos y económicos se exacervaban, el modelo propuesto por el neoliberalismo, aumentado por la caída del mundo socialista a fines de los ochenta, se estaba mordiendo la cola en argentina, ya no había qué privatizar o vender, no llegaban las inversiones ni el crecimiento prometido y se intentaba disimular la desocupación con tardías herramientas keynesianas insuflando grandes sumas de dinero especialmente en la provincia de Bs As mediante el famoso Fondo de Reparación Histórica.
En un esfuerzo por llegar a las elecciones de '99 se generó mucho empleo y se forzó a la baja dicha estadística pero la gente despedida con las privatizaciones no recupero su plaza en el mercado laboral y la medida además de contradecir los fundamentos no intervencionistas del sistema acabó por agravar la crisis de la deuda cada vez más inmanejable.
Las clases mas acomodadas se mudaban a barrios privados y disfrutaban de la explosión de los servicios: celulares, tv por cable, autopistas, barrios cerrados. Había dos mundos claramente diferenciados: el de aquellos que administraban los servicios y el de los trabajadores fabriles y estatales en franca desaparición y sin posibilidad de reinserción en el mundo laboral. Un tercer grupo si se quiere, cada vez más grande conformado por los excluídos del sistema, gente sin capacitación, sin empleo y con menos resguardo a medida que pasaba el tiempo.
Se fue postergando la responsabilidad de la depresión pasando de la utopía cuentapropista del capital propio gracias a las indemnizaciones cobradas en dólares durante las reestructuraciones masivas al chauvinismo más acérrimo cuando comenzaron a llegar obreros bresileños primero y de otros países vecinos luego con sus necesidades a cuestas y su competitiva mano de obra barata que iba tomando los lugares que los obreros argentinos despreciaban por inconvenientes.
Se estigmatizó a peruanos y bolivianos culpándolos por la falta de empleo, de los bajos salarios y de los malos servicios públicos ahora abandonados por el estado. En lugar de ver en la administración pública las fallas en los sistemas educativo y de salud, se culpó a los inmigrantes de saturar la demanda y en esto los medios de comunicación tuvieron gran responsabilidad al difundir estas ideas del sentido común en lugar de analizar explicaciones más profundas.
El sentido común le daba la razón a Menem y luego a De la Rua quien por la presión de la opínión pública (que los medios decían representar) decidió a desgano apoyarse en Cavallo, siempre dispuesto a aplicar medidas neoliberales dónde le den el más mínimo resquicio. La gente (nosotros) debemos hacernos cargo de la parte que nos toca, se pedía más de lo mismo a gritos.
Tantos años de educación para el capitalismo antiestatista daban sus frutos, el país estaba quebrado, mal administrado, sin empresas públicas ni privadas con una deuda en crecimiento desenfrenado y la clase política (o la política en general) en retirada. Se había logrado instalar la idea de que un gerenciador era mejor que un político, a fin de cuentas era todo una mera cuestión económica y de la economía debían llegar las soluciones.
Se culpa al ex presidente De la Rúa de no haber encontrado el rumbo pero se olvida que había un consenso generalizado cuando llevó al ministerio de economía al ex ministro Domingo Cavallo, casi que le marcaron el rumbo a seguir, es decir, continuar con el mismo modelo: mantener el uno a uno en la paridad cambiaria con el dolar, profundizar el ajuste y una prueba de ello fue la ley de flexibilización laboral. Si de algo se puede acusar a De la Rua es de no haber levantado el pie del acelerador neoliberal pero está claro que hizo lo que esperaba de él.
Ahora bien, para impulsar las reformas se tuvo que hacer un gran esfuerzo en la década de los noventa y ya era hora de parar, parar con el gasto, pagar las deudas. Hasta que llegó un punto en que no se pudo disimular y especulación mediante, un golpe brutal de la crisis llegó a la clase media argentina: se confiscaron sus ahorros. Si bien esto no fue lo más grave de la crisis, si fue el punto más álgido, el dinero acorralado sensibilizó a los medios (claros representantes de las clases medias y altas) y los ahorristas enfervorizados salieron a las calles a protestar.
Ya había en el país grandes bolsones de miseria, desnutrición, mortandad infantil elevadísima para las tasas acostumbradas, desocupación, falta de insumos en hospitales y centros de salud (los pacientes tenían que llevar sus descartables a las consultas), la educación estaba desarticulada, sin contenidos y sin rumbo. En ese contexto, las protestas arreciaban, desde fábricas tomadas a piquetes en las calles y rutas, ollas populares, protestas de maestros y de jubilados pero al salir las clases medias a golpear las puertas de los bancos con sus cacerolas se ganaron el respaldo mediático. En medio de estas manifestaciones surge el famoso que se vayan todos que no fue otra cosa que la voz del hartazgo clasemediero argentino.
Es cierto que hubo confluencia de protestas "piquete y cacerola, la lucha es una sola" por ejemplo (aunque no duró demasiado esta solidaridad de clase), como también es cierto que los ahorristas solo querían su dinero de vuelta, no se reivindicaba otra cosa, ni la educación, ni el trabajo, ni la salud, y el "que se vayan todos" no es otra cosa que "dejennos solos", "que se retiren los políticos y que dejen a la economía a su sola suerte que un buen gerenciador va a saber sacarnos de esto". Ni más ni menos que el manual básico neoliberal aprendido desde hacía 25 años. ¿Qué otra cosa se podía pedir de un sector (muy amplio) educado en el individualismo, en el consumo, identificado con el cine de Hollywood, cuya meca es norteamérica y a quienes los medios no han hecho más que incentivar en ese sentido?
La consigna enarbolada, mediatizada, entonada en las marchas y hasta afamada e idealizada es una expresión fallida, un pedido de más desgobierno y más ajuste para salir de la crisis es un síndrome de Estocolmo masivo, un enamoramiento morboso. Es otro triunfo del pensamiento liberal: menos política, más economía. Porque sin políticos o sin política, ¿quién va a controlar a los mercados? En el pensamiento medio la respuesta es simple ¿para qué controlarlos si son exitosos, si han llegado a dominar el mundo?
Por supuesto que las cosas empeoraron y vino la crisis de diciembre de 2001, los saqueos, las muertes en Plaza de Mayo y la caída de un gobierno y el default.
Cuando años después vemos que era posible salir de semejante caos es frecuente escuchar como crítica a algún que otro político (en realidad a unos cuantos) que no hizo caso cuando se pidió que se vayan todos es bueno recordar quien lo pedía y en qué circunstancias. La no política era un grito desesperado de un grupo de neoliberales que vieron afectados sus intereses por lo mismo que promueven es decir que estaban tomando de su propia medicina y esta creo que fue la mejor advertencia hacia el futuro. Cuando hoy vemos las crisis que se suceden en el norte, la sociedad de consumo por antonomasia, es notable que no supieron leer en sus pares de la clase media argentina los alcances de las medidas elegidas. Porque esta clase media jamás entendió las razones de sus padecimientos, a los que dejó en el camino, esos que se cayeron y pasaron a ser pobres o hasta indigentes por las leyes del mercado, que perdieron educación, salud, futuro. La clase más egoísta no podía sino equivocarse porque no tuvo ni la solidaridad ni la conciencia de otros grupos para entender que en algunas circunstancias es imposible salir solo. Así lo entendieron los grupos piqueteros, los obreros que tomaron fábricas, los que se organizaron para luchar y salir adelante y entendieron que no se puede dejar que decidan otros, que hay que formar parte y de qué otra manera si nos es con participación política y quedándose, no yéndose, ni que se vayan todos, que se queden los que hagan lo que les pedimos que para eso están y para eso nos estamos movilizando.
IXX (2012)
Dos miradas diferentes sobre lo mismo:
El diario La Nación hacía un balance diez años después. Una mirada "antipolítica"?
http://www.lanacion.com.ar/1434052-despues-del-que-se-vayan-todos-hubo-una-alta-rotacion-en-el-congreso
Herramienta piensa el acontecimiento desde la izquierda. Una oportunidad perdida o se exageró el posible alcance de los hechos?
http://www.herramienta.com.ar/debate-sobre-cambiar-el-mundo/argentina-que-paso-con-el-que-se-vayan-todos
