Brutal 5 - Felico


La víspera de navidad es el uno de los días de mayor celebración para los argentinos, no es que la fé sea tan fuerte, pero es una buena oportunidad para reunirse en familia aunque a menudo se confunden las verdaderas razones de la fiesta e incluso se corre un poco la celebración, cuando se pregunta ¿adonde vas a pasar las navidades? en realidad se pretende saber donde estarás para nochebuena porque la previa es en verdad la fecha de mayor relevancia. Al día siguiente se reunirán las familias trasnochadas, soñolientas a compartir las sobras de la noche anterior, a reponerse del ajetreo, de la comilona, de los bailes, llantos y memorias rejuntadas.

Aquella tarde de fines de los sesenta, Felico estaba feliz, bueno, digamos que estaba de festejos, había terminado temprano su jornada y luego de tomar un baño y cambiarse de camisa se despidió sin demasiadas explicaciones de su familia. Al pasar junto a su esposa le dirigió sin saberlo las últimas palabras "Vuelvo para la noche". Daba a entender que estaría de vuelta para la cena, así se desentendía de los preparativos y se marchó caminando despreocupado bajo el sol de verano al bar de costumbre donde estaba a gusto compartiendo unos vinos y jugando a las cartas con los parroquianos de siempre. Una buena manera de comenzar la fiesta desde temprano, entonado y libre.
El barcito de mala muerte, si se me permite la expresión, era una casita, casi un rancho, caluroso de techo de chapas bajo que obligaba a abrir de par en par puertas y ventanas con la esperanza que alguna brisa recambiara el aire aunque esa tarde las cortinas permanecían clavadas como brújulas muertas en un sur imposible, acartonadas. Los hombres la pasaban a los gritos entre risas e insultos de acuerdo a los naipes que les tocaran en suerte, circulaban litros de vino fresco y la compañía incesante y cadenciosa del chamamé que cada tanto les hacía soltar un sapucai a las carcajadas.
En casa los chicos se iban turnando para tomar sus baños y ya se cambiaban para la noche, las mujeres no paraban un minuto y entre bromas y hablando en voz alta se ocupaban de todos los detalles, una se aseguraba el enfriado de las bebidas, otra pelaba frutas para el clericó o cortaba las ensaladas y alguna iba adobabando la carne. Se repertían las tareas en postas, y cada cual a su turno atendía a sus niños para tenerlos presentables cuando llegara la noche.
Ya caía el sol y los perros preanunciaban alborotados algo fuera de lo normal, a menudo se ponían así cuando pasaba un vendedor ambulante o en estos casos cuando llegaban desconocidos al barrio, un espectáculo raro hasta para las personas, ver grupos de familias, bien vestidos, perfumados y peinados cargados de bolsas caminando en fila y con cuidado de no meter los pies en alguna zanja, sus caras de cansancio desaparecían la llegar de visita y al reencuentro con viejos amigos o parientes. Los saludos, gritos y abrazos y la indiferencia del momento más allá de algún reto acababan por convencer  a perros propios y ajenos que todo marchaba con normalidad y se volvía cada cual a sus dominios a esperar echados a la sombra, expectantes por el presagio en el ambiente aromatizado de leña y parrillada a la espera de los huesos que seguramente iban a ligar.
Pero esta vez no se acallaban, los ladridos venían de lejos, ya de dos o tres cuadras más allá se venían acoplando y no era común que la hicieran tan larga. De un golpe torpe alguien abrió el portón y los chicos que suelen salir corriendo a ver quien llega, esta vez miraron como pidiendo permiso antes de salir disparados, pero las madres estaban diciendo no con sus ceños fruncidos. La dueña de casa se frotó las manos en el delantal y enfiló para la puerta, pero antes de doblar la esquina de la casa la sorprendió la aparición de Felico a los tumbos, solo llamaba la atención que llegara mientras había sol porque para las ocasiones especiales era conocido que se iba a tomar unos cuantos vinos e iba a regresar sin casi poder tenerse en pie, se recostó contra la pared como haciendo la ultima posta de apoyo antes de entrar al patio y sin decir palabra tomó impulso y se encaminó derecho a la silla más cercana, las mujeres aventaron a los niños, que se fueran a jugar a otra parte y se acercaron a él que estiró las piernas y recostó la cabeza sobre su pecho como para dormirse bajo la sombra fresca del paraíso que apenas se movía con la brisa, un aire caliente atravesaba el patio y de pronto todo quedó en silencio, nada de perros, nada de música ni charlas, ni gritos de niños, solo un aire de verano que traía olor a asado.
Apenas levantó la cabeza para tomar un respiro y pasarse la mano por el pelo que le caía molesto sobre la frente, esa mano bajó hasta descansar lentamente sobre su regazo y la otra mano que casi se cae al costado se volvió de inmediato a la zona del hígado, allí donde una mancha roja crecía lentamente bajo un trapo que hacía de compresa sobre la camisa a cuadros que dejaba entrever el pecho velludo que ahora no se veía tan fuerte.
Siguió una escena caótica, de alarma, de preguntas, de llantos y desesperación, de consejos tardíos y pordioses, la Negra, su mujer lloraba histéricamente, hubo quienes trataron de ayudar pero él no quería sino esperar a su hermano que no había regresado del trabajo y apartaba todo tipo de asistencia, solo con gestos, era un hombre de carácter fuerte y hasta en este momento de crisis no había quien se animara a contradecirlo, al único que acaso podría obedecer era al consejo de su hermano menor con quien vivía desde hace años, con quien solía cazar en el monte y pasear a caballo. Recordó brevemente esos días de pesca y de pronto nadaban juntos por el río allá en la selva misionera o salían de los bailes bajo el cielo inmenso, estrellado, y giran tantas mozas y la orquesta anima con sus invitaciones a salir a la pista. Y tanto trabajo compartido allá en el monte! Y retiro, tan grande y tan desolada! Todo aparecía entre ensoñación y recuerdo parecía demasiado en un instante tan breve! Y nuevamente la selva, un lago en lo profundo, fresco y sereno…
La imagen parecía congelada cuando de pronto llegó Chito, el hermano con el rostro cansado de albañil curtido, con los ojos cristalinos, venía también de festejos previos, se despejó y se puso serio de pronto, más de lo habitual al entender por los rostros que algo no andaba bien. Con gestos nomás entendió que se trataba de Felico y se acercó a él, se acuclilló a su lado y dejó caer su bolsito del trabajo.
El hermano mayor lo miró con los ojos mansos de alivio e hinchó el pecho en un esfuerzo por tomar aliento para dejarle sus últimas palabras. No podía contar la discusión ni el entrevero de palabras; que era su día de suerte e iba ganando a las cartas, estaba feliz, y ya planeaba comprar un lechón para compartir en año nuevo... El otro, un marinero mal llevado que andaba cruzado con el azar enfurecido en absurdas acusaciones entre vahos de alcohol y la alharaca generalizada arremetió para sorpresa de todos, volcándose sobre la mesa, con una cuchillada certera irremediable. No, era mucho para contar y le faltaron las fuerzas, solo le alcanzó el aliento para decir casi al oído de su hermano y compañero de la vida: "Fue Marcos..."
Dejó salir el aire de a poco y se fue desinflando, todo el peso de su existencia se derramaba en los brazos de Juan yéndose sin más antes de la Nochebuena.

Basado en un relato familiar.
IXX (2011)

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